Mambrú se va a la guerra… ¿pero a cuál?

John_Churchill_Marlborough_porträtterad_av_Adriaen_van_der_Werff_(1659-1722)
John Churchill, duque de Marlborough

¿Se acuerdan cuando la cantaban de niños? Pues, si se acuerdan quiere decir que ya han juntado algunos años. Los suficientes para comprender. Si quieren un poco de historia la pueden encontrar en wikipedia leyendo un artículo no muy bien fundado. Pareciera que el origen de la canción se remonta a la batalla de Malplaquet (1709) entre ingleses y franceses durante la Guerra de Sucesión Española. Derrota de las tropas francesas, victoria de los ejércitos de la alianza (Austria, Inglaterra y Holanda) al mando de John Churchill, duque de Marlborough (nuestro Mambrú) y del príncipe Eugenio de Saboya. En ese 11 de septiembre (fecha realmente fatídica) entre las 8 de la mañana y las 3 de la tarde murieron más de  30.000 soldados.

Se dice que los franceses creyeron que Marlborough había muerto en batalla mientras que no sabían que los que estaban siendo aniquilados eran ellos. No basta pensar que el enemigo está muerto para por esto vencer. Otras leyendas aún más espurias, que pasan por la pluma inquieta di Chateaubriand, afirman que la canción tendría sus orígenes medievales y que habría llegado a Europa a través de un obscuro cruzado. Quien se interese por la historia musical puede leer con fruto este artículo: http://tunearch.org/wiki/Annotation:Malbrook.

Otras historias se cuentan del astuto duque de Marlborough, “Corporal John” como le decían sus devotos soldados. Traicionó a su rey el católico Jacobo II, quien le había concedido una serie de privilegios, en favor del protestante Guillermo de Orange que se convirtió luego en Guillermo III y lo nombró duque y comandante sus ejércitos. Se le descubrió luego la correspondencia que mantenía con Jacobo y con los jacobinos y fue hospedado por un tiempo en la incomoda Torre de Londres, hasta que fue liberado gracias a la intersección de su mujer Sarah ante Ana Stuart y reintegrado en su puesto. En fin, es posible que este Mambrú tuviera muchos enemigos que le desearon más de una vez una feliz muerte en guerra. Marlbrough s’en va-t-en guerre… tra la la… tra la la…

Esta canción me volvió a la mente en estos días en que muchos se van a la guerra y otros tantos invitan a ir hacia ella. Se van por supuesto los asesinos del Daech, abreviación de Al dawla al islamiya fi al Iraq wal Sham; pero parece que estos desesperados suicidas se enojan mucho si se usa este nombre y prefieren usar sólo Al dawla: el estado. Marcha a la guerra ese ejército de desesperados sin patria, ni religión, con sus banderas negras, nada de fundamentalismo, ya que la cosa desesperante es que no tienen fundamento alguno, ajenos a cualquier cultura religiosa. Están podridos por el desencanto, perros rabiosos que no logran sino formular slogans no más largos de 140 caracteres. Encuentran fácilmente cómplices en el desencanto de nuestras periferias, donde crece desde hace años la desesperanza. Estas gentes están radicalizadas no en un fenómeno religioso sino en el desencanto del ultraliberalismo. Proletarizados, como todos, por la técnica. Como dice Bernard Stiegler sólo con la construcción de un futuro diferente que sepa contrarrestar el fenomeno de la ruptura social provocado por la aceleración innovativa que parecieran condenarnos a un estado de shock permanente y a la impotencia política. La guerra es contra la estupidez sistémica que han generado las “industrias culturales” que Theodor W. Adorno había clasificado como las “nuevas formas de barbarie”. Esta estupidez, la bêtise,  no es sinónimo de ignorancia sino que supone mucha inteligencia para haber creado un sistema que ha destruido y expropiado nuestros saberes y que explota, controla y capta nuestras pulsiones, destruyendo la capacidad desiderante. Sólo el desiderio puede transformar la pulsión. Esta estupidez, que G. Deleuze definiera como la “bestialidad propiamente humana” es la que sopla como un viento destructor desde Siria a las convulsiones de los políticos en inútiles talkshow, mientras se agitan sobre los cadáveres para obtener un voto más.

Es en este presente de orfandad en el que no hay instituciones políticas ni religiosas, ni siquiera académicas, capaces de pensar este ataque a la inteligencia  debemos  desconfiar de ese “nosotros” que nos invita a ir a la guerra.

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