Epifanía: un rincón del desencanto

 

1067_0Aquel recuerdo mágico fue al mismo tiempo el comienzo del desencanto. Al punto tal que hasta ese momento todo era magia y misterio. Los tres Reyes lograban llegar hasta un séptimo piso del barrio de Almagro de la ciudad de Buenos Aires. Era el pleno verano porteño. Las enormes persianas del salón abiertas de par en par aseguraban su llegada, la de los Tres con sus tres dromedarios. Antes de entregarse al sueño de la espera y de la ilusión, cacerolas con agua fresca, abundante lechuga, y generosas porciones de pan dulce o de la rosca de reyes aseguraban su paso y daban la bienvenida. Las migas del día siguiente eran la primera evidencia, el agua que había desaparecido de las ollas era la prueba certera que los animales había calmado su sed en aquella noche tórrida. Los regalos eran sólo la consecuencia de aquella certeza.

Algunos años más tarde, luego de haber luchado contra compañeros incrédulos y socarrones, habiendo argumentado con las Sagradas Escrituras en mano (hasta llegué a llevar conmigo al colegio una pesada edición de Nácar-Colunga), esgrimiendo técnicas retóricas que con los años estarían al servicio de otras causas, en ese rincón familiar y sagrado apareció el desencanto.

No había leído por entonces a Max Weber y no sabía que había entrado, pagando un caro billete, en la modernidad, en la civilización técnica, en la racionalidad instrumental. No había leído tampoco a Borges para entender que con la tecnología del revolver, consecuencia directa del desencanto, se pueden eliminar a los antiguos dioses con dos pistoletazos. No había entendido que en ese trío mágico faltaba el cuarto Rey, el rey de la quarta parte del mundo, que hacía ya más de quinientos años que había sido descubierta pero no se había podido sumar aún. No sabía que yo pertenecía a esa ausencia, a ese estar siempre en camino por adorar.

Cada mañana, a partir de entonces, todo se hizo complicado, todo se volvió un esfuerzo y un trabajo intermitente por encantar nuevamente el mundo. Si el Iluminismo se encuentra en el comienzo del desencanto, la batalla de la inteligencia y por la inteligencia supone ir hacia un nuevo iluminismo que nos saque del estado  de minoridad y de estupidez sistémica en el que a menudo nos arrincona la tecnología. Pero esa batalla no podrá ser hecha sin la tecnología, somos técnica, no somos ni dioses ni animales, deberemos como en una botica reconocer su veleno y sus posibilidades terapéuticas. Sólo así podremos recuperar responsablemente la magia y el misterio.

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