La Parrhesía del Tartufo

Algunas palabras nos arrollan con la potencia de un tren de carga. Una de ellas es parrhesía que aquí y allá es meneada por líderes políticos y religiosos. Ya este hecho nos debería aumentar nuestro nivel de guardia: a la parrhesía se la usa normalmente contra el tirano y no es una palabra que generalmente abite en la casa de los poderosos.

Como lo recordara Michel Foucault (El gobierno de sí y de los otros), la parrhesía es un cierto discurso de verdad, el cual pone en riesgo a la persona que lo enuncia. El sujeto que enuncia se liga y se compromete con su enunciado, “es una forma de ligarse a sí mismo en el acto de decir la verdad”. La parrhesía es todo lo contrario a la actitud de los tunantes, que hoy son los spin doctors, los portavoces, los image makers, que pretenden cubrir la desnudez del emperador, su in-soberanidad, como lo recuerda C. Salmon (Storytelling : La machine à fabriquer des histoires et à formater les esprits) con la urdimbre de la StorytellingEn el ámbito de la parrhesía política además de las condiciones generales (ver la verdad, ser capaz de decirla y estar dedicado a servir el interés general) no hay que ser ni corrupto ni corruptible.

La parrhesía también está cargada de ambigüedad. Existe, como siempre nos lo recuerda Foucault, una parrhesía negativa. Luego de la muerte de Pericles, democracia y parrhesía no tienen una fácil convivencia. “Os habéis acostumbrado a echar a los oradores que non hablan según vuestros deseos” recriminó en un discurso Isócrates. No hay hablar franco con amenazas en el aire. “El decir” se ha adecuado al gusto de los oyentes. En virtud de la mala parrhesía cualquiera puede hablar, sepa o no sepa, y dice lo que dice no porque sea su opinión, no porque la crea verdadera “no porque sea lo bastante inteligente para que su opinión corresponda efectivamente a la verdad y a lo mejor para la ciudad. Sólo hablará porque lo que dice y en cuanto lo dice, representa la opinión más corriente”.

Este parresiasta habla simplemente porque se encontró con un micrófono encendido, con una telecamera dispuesta a captarlo. El Tartufo de Moliere tiene algo de parresiasta contemporaneo. Confiesa sí, pero no se compromete con su verdad, quiere sólo salvar su triste pellejo.
https://youtu.be/1gUFKCVagpc?t=1h23s

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