¡Por favor, la próxima vez sin periodistas!

Cornelis Norbertus Gysbrechts (1670)

Mejor no escribir en momentos de fastidio, es como evitar de hacer mudanza en tiempos de desolación. Pero, si de todas maneras se siente el impulso de hacerlo y no se lo puede vencer es preferible recurrir al decir de otro. Hoy se abrazó un papa en ejercicio del ministerio con otro emérito. Quiero acordarme de unas bellísimas páginas escritas por Jacques Derrida quien a su vez sigue de cerca Søren Aabye Kierkegaard. Los tiempos que se nos han abierto por sobre nuestras cabezas piden circunspección, mucha cautela, infinitas precauciones. Piden, las horas que vivimos, desear algo de aquellas virtudes que Trogo atribuyó a los hispanos, de Hispania, “…tienen preparado el cuerpo para la abstinencia y la fatiga, y el ánimo para la muerte: dura y austera sobriedad en todo (dura omnibus et adstricta parsimonia)”. Parsimonia. Dos papas se abrazaron, de por sí esto ya es una gran abundancia. ¿Qué necesidad había que la televisión vaticana y un puñado de invisibles fotógrafos profanara el momento? ¿Por qué? Derrida que sigue a Kierkegaard y yo que voy detrás de los dos. ¿Qué se habrán dicho en el monte Moira Yahvé y Abraam? Abraam no habló con nadie, mantuvo su secreto. Abraam, por favor, nada de periodistas. Abraam quiero que me des, hubiera podido decir Dios, la prueba suprema, la prueba de la prueba, que te calles en la prueba, que no llames a nadie por testigo en tu prueba, el asunto es entre nosotros dos. Nada de lo que hace Abraam es “filmable”, “fotografiable”, se dará, como todo aquello que ya no es, a la escritura. Nada de periodistas, nada de confesores, ni eunucos de corte, ni aún los más fieles y reservados, ni siquiera una palabra a tu psicoanalista. El secreto nos mantendrá unidos y hará de nosotros una cosa sola, porque el mayor secreto es el que está mezclado, antes de ser secreto, esto es, separado. Es el secreto de la levadura en la masa, el que corre en el mismo cuerpo y en virtud del cual la mano diestra no sabe lo que hace la siniestra. Hoy el ojo de la cámara vaticana fue perverso y cruel. Se movió casi obsceno, fuera de escena, captó fragmentos de confesiones que debieron quedar en lo secreto para poder seguir siendo verdaderas. No fueron imágenes robadas, fueron programas, seleccionadas. Nada dejado a la casualidad, hasta recoger el diálogo susurrado. Uno: “….es la Virgen de la Humildad… pensé en usted… a su humildad… a su ternura… en serio…” El otro: “Qué bueno es Usted… siempre tan profundo… No nos olvidemos nunca de ella…” La modernidad arrasó con el mysterium tremendum, porque lo había, ¿no? Pero no contento el ojo indiscreto, inquisidor y molesto como un tábano en un momento de intimidad penetró en la capilla. Se hizo la pantomima de cerrar una puerta, pero en el sancto sanctorum ya se encontraba la mosca con sus mil ojos. Entró en lo más recóndito. Lo inenarrable se hizo “mostrable”, el tameion, lo más íntimo de la casa quedó iluminado por una luz horrible y cegadora.  Todos pudimos ver, todos estuvimos allí, pero allí no había nada ni nadie y si lo hubo se escondió  ἐν τῷ κρυπτῳ, en el secreto.
«… Soprattutto: niente giornalisti!». Quel che il Signore disse ad Abramo. J. Derrida, 2006]

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